A pesar de consumir extraordinarios recursos nuestra educación sigue quedando atrás. Salvo por los resplandores de esperanza que nos ofrece la UTU, sorprendentemente dinámica y el Plan Ceibal del resto no podemos más que concluir que no era una cuestión de presupuesto sino una cuestión de chacra (de lujo).
Sus corporaciones consideran que el conocimiento vale por sí y ante sí, sin necesidad ni vocación de aportar al bienestar general, o de rendir cuentas de sus resultados, ni de tener un impacto tangible en la calidad de vida de la gente. La decadencia del sistema lo va dejando cada vez más aislado y en una suerte de limbo paralelo donde la academia pierde contacto con el mundo real, mientras este último cada vez necesita más del conocimiento, la investigación y la metodología que nadie mejor que la academia puede aplicar para enfrentar los desafíos que un mundo instantáneo y cambiante nos presenta cada día.
Pero la culpa no la tiene el chancho… y otra vez, nuestra carencia de cultura de organización o de movilización colectiva obstaculiza la puesta en marcha de soluciones. Pues la prueba está que donde hay estructura organizadas, las voces suenan más fuerte y son mas escuchadas. Y tienen más peso. logran más cosas. Aunque los intereses de esos grupos vayan a contramano del interés general.
De cualquier forma, un pasado prescinden te no es una condena de futuro. Podemos a voluntad sustituir la omisión por acción y cambiar nuestro destino.
Particularmente en el ámbito empresarial donde hay buenas estructuras organizadas, podemos y debemos reclamar y empujar el cambio. Y a su vez debemos evangelizar y jerarquizar el rol de creadores de riqueza y empleo que desempeñamos en la sociedad. Para que los jóvenes sientan orgullo de pertenecer y sobre todo para reclamar que en las aulas se estimule el espíritu emprendedor.
Que mucho necesitamos más profesionales emprendedores motivados a crear valor y menos con el único horizonte de consumir empleo.
Renovar una cultura es un trabajo titánico, de varias generaciones, que se compone de millones de mínimos esfuerzos cotidianos. Y no podemos eludir la responsabilidad de contribuir con ello aunque no estemos vivos para ver el resultado del empeño.
Soledad Manzi
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